viernes, 10 de agosto de 2018

LOS CICLOS IV


Como ya hemos visto, la vida de una persona es un gran ciclo: nacimiento, desarrollo, muerte, que a su vez abarca ciclos menores, más largos y más cortos, que son en los que me estoy centrando. Hoy en concreto, daré un breve repaso a un ciclo más largo en la vida de un ser humano, es el conocido como Septenio o Ciclo de Siete Años. Como ya habréis podido adivinar, es un ciclo que abarca etapas de siete años, que se empiezan a contar desde el día del nacimiento hasta que se cumplen siete años.

Prácticamente todas las escuelas de sabiduría han estudiado los ciclos vitales del ser humano. Este Ciclo de Siete Años que os presento hoy, está basado en la tradición Rosacruz, de la que durante muchos años aprendí. Si bien es cierto que hoy en día la vida ha cambiado mucho y las costumbres y valores han evolucionado, la base de este ciclo sigue siendo muy válida. No se trata de ciclos rígidos, son aproximados, y en cada uno de ellos predomina una o varias energías, aunque cada caso es único y especial, por lo tanto hay que tomar estos ciclos como una orientación, no como algo rígido e inamovible.


El Septenio abarca períodos de siete años, de tal modo que el primer ciclo comprendería desde el día que nacemos hasta el día que cumplimos los 7 años, el segundo comenzaría el mismo día que cumplimos los 7 años hasta el día que cumplimos 14 años y así sucesivamente.

El Ciclo de Siete Años o Septenios

Desde el nacimiento hasta los 7 años: Predomina el desarrollo físico. El alma ha encarnado en un cuerpo humano para vivir una existencia física, por lo tanto son años de experimentar, de abrirse sobre todo al mundo físico, todavía está cercana la etapa anterior al nacimiento, por lo que los niños suelen tener las capacidades extrasensoriales despiertas, así que es frecuente que convivan experiencias de ambos mundos, aunque a través de la socialización, irán olvidándolas hasta que quedan relegadas al ámbito de lo subconsciente. En esta época, la persona aprende a relacionarse con su cuerpo y con su entorno. Este período de vida podría considerarse un puente entre el mundo espiritual del que provenimos al mundo físico en el que desarrollamos una experiencia física.

Desde los 7 a los 14 años: Esta es una etapa de transición, muy marcada por la racionalidad y la lógica, en la que paralelamente al desarrollo físico, que sigue su curso natural, la personalidad se va consolidando por la interacción con la familia, vecindario, profesorado y, sobre todo, por el grupo de iguales. En esta época, el individuo toma consciencia de su cuerpo y su autonomía, lo que suele crear conflictos con las figuras de autoridad, esta rebeldía, que comienza en los últimos años de este ciclo, se prolongará y agudizará en el siguiente ciclo.
Por lo tanto este período es muy delicado, porque en él se van a sentar las bases de cómo la persona va a construir su concepto del mundo, de la vida, de lo correcto y lo incorrecto, fobias y filias, afinidades y rechazos. Así pues, es fundamental la guía que reciba de sus progenitores y entorno más próximo y cotidiano.

Desde los 14 a los 21 años: Este es un ciclo en el que pesa por encima de los demás el mundo de las emociones. Es la adolescencia, una época de transición de la infancia a la edad adulta, si hay una etapa difícil y conflictiva es esta, debido a los cambios físicos importantes que se producen, y es que el proceso que empezó en los últimos años del ciclo anterior, está ahora en su pleno apogeo. En esta época tiene mucha influencia el concepto que tiene la persona de sí misma, cómo acepta la evolución de su cuerpo, cómo se percibe, es un momento en el que pueden surgir muchas inseguridad por la no aceptación de determinados elementos de su físico, y eso es algo que va a tener mucho peso en la formación de su personalidad.
En estos años hay una decisión muy trascendente que tomar, qué queremos hacer con nuestra vida: qué estudios se van a realizar, o tal vez, se decida no estudiar y comenzar a trabajar. En cualquier caso, se crea la estructura sobre la que se construirá nuestro “edificio” vital.
En el ámbito espiritual, suele ser una etapa muy convulsa, por un lado tenemos una catarata hormonal y emocional de difícil control que en no pocas ocasiones pueden llegar a provocar fenómenos inexplicables (como es el caso de los conocidos “poltergeist”), por otro lado son momentos de rebelarse contra todo lo que tenga que ver con lo espiritual, por eso es frecuente caer en el descreimiento, el aborrecimiento, o incluso el odio a estos temas. Y, aunque es menos habitual, puede suceder que se caiga en lo contrario, en un misticismo un tanto exacerbado.

De los 21 a los 28 años: En este ciclo se consolidan las bases que se fueron estableciendo a lo largo del ciclo precedente. Es el momento en el que la persona termina su formación y comienza su inmersión de pleno en el mundo laboral.
Tras las fuertes marejadas propias de la adolescencia, llega un período de estabilidad. La persona entra definitivamente en el mundo adulto, no solo a nivel profesional, sino también emocional, por lo que empieza a proyectar su futuro planeando sus relaciones, la formación de una familia propia... Del mismo modo que en este ciclo llegan nuevas libertades: la mayoría de edad, más independencia de la supervisión paterna, etc., también comienzan la adquisición de las responsabilidades y obligaciones que caracterizan el mundo adulto del que ya forman parte.
Es por tanto una fase en la que empezamos a encontrar nuestro lugar en la sociedad.

De los 28 a los 35 años: En este ciclo, se llega a la madurez, tanto en lo físico como en lo mental y emocional. En estos años la persona ha formado su hogar, de las características que haya elegido. Y esto conlleva la adquisición de las responsabilidades inherentes a ese hogar. Es un período de estabilidad laboral y de absoluta inmersión en la sociedad en general y en la localidad en particular.
Este ciclo es muy importante en todo lo relacionado con los temas trascendentales, pues suele caracterizarse por una inclinación hacia la indagación espiritual. Puedan ser unos años en los que, quizás porque ya se ha adquirido una cierta seguridad vital en lo más mundano, el espíritu necesita algo más. En estas edades muchos de los Maestros Espirituales alcanzaron la iluminación o llevaron a cabo sus misiones en pro de la humanidad. Evidentemente, esa llamada espiritual, que siempre está en nuestro interior, pero que en este período es más intensa, puede seguirse o puede ser totalmente ignorada, eso ya es cuestión de cada persona.

De los 35 a los 42 años: Este ciclo se caracteriza por la estabilidad. Una vez que la persona se ha asentado laboral y familiarmente, entra en una fase que bien podría denominarse introspectiva. Es un punto de inflexión, ha llegado a la plenitud de su potencialidad y, desde esa posición, valora las decisiones tomadas, los cambios que han de venir a futuro, pero sobre todo recoge los frutos de los esfuerzos que ha hecho a lo largo de su vida.
En muchos casos, la persona examina su vida de una manera más espiritual porque sabe que una vez se llega al punto máximo, empieza el retroceso. Suelen calibrarse las creencias y la escala de valores que hasta entonces habían predominado, a la vez que se experimentan ajustes hacia preocupaciones más sociales, familiares, amistosas, pues se busca el equilibrio entre la estabilidad material y la emocional.

De los 42 a los 49 años: Esta etapa es crítica. Por un lado, el cuerpo físico empieza a hacer sentir la disminución gradual de la vitalidad; es muy frecuente que en estos años empiecen a aparecer los primeros síntomas que indican que se ralentizan los procesos regeneradores del cuerpo, de este modo, además de tener menos resistencia y flexibilidad, se van notando el desgaste de las articulaciones, músculos, huesos, piel, vista…
En el caso de las mujeres es un período en el que surgen las señales que anuncian la menopausia, cuando no la menopausia en sí; un cambio que es muy significativo y que nos recuerda de una forma muy cruda y realista que, definitivamente entramos en la madurez. Es un ciclo muy importante porque puede producirse una crisis de identidad, al rebelarse una parte del ser humano contra la imagen que le devuelve el espejo, contra los cambios que experimenta en su cuerpo. Y, según los casos, esta crisis puede también alargarse hasta el ciclo siguiente.
Por otro lado, es muy frecuente que se de algún tipo de crisis de tipo existencial. Pensemos que este es el Séptimo Ciclo, un número muy simbólico. Es un momento de reflexión sobre lo que es nuestra vida. Si no están asentadas nuestras bases laborales, económicas, familiares y de relaciones sólidamente, puede que se sufra en alguna de estas áreas una auténtica revolución. Es una buena época para comenzar, si no se ha hecho ya, a alimentar nuestro espíritu por medio de la meditación, el estudio y la introspección.

De los 49 a los 56 años: Este período es de madurez, si bien el cuerpo se va volviendo cada vez menos flexible, ocurre lo contrario con la actividad mental y las creencias. Es muy frecuente que la persona sea más comprensiva y paciente. Al priorizar lo mental sobre lo físico, se suele actuar con más sensatez y se piensan más las cosas.
Esta etapa está marcada por una cierta regeneración espiritual. A medida que el cuerpo decae, los conceptos espirituales se hacen más intensos. Puede ser que se deba a que esa comprensión que se va desarrollando, hace que la persona busque la bondad y las cualidades más elevadas tanto en sí misma como en las personas de su entorno e incluso en su medioambiente habitual. Es frecuente que en estas edades, se despierte un interés por pertenecer a alguna escuela mística, grupos de meditación, etc.
También en estos años se empieza a afrontar la vejez como algo más concreto y cercano, por lo que se reflexiona sobre cómo se actuará, con qué recursos se cuentan, etc.
El cuerpo continúa su proceso de disolución, por lo que es importante adquirir hábitos saludables y desechar aquellos perjudiciales, si es que no se ha hecho antes, y también son convenientes las revisiones médicas regulares.

De los 56 a los 63 años: Este período es una prolongación del anterior, y los procesos que se iniciaron en ese momento aquí alcanzan su máxima expresión.
Si bien la fuerza física prosigue su natural declive al igual que los procesos regeneradores, esto no quiere decir que la salud tenga que verse comprometida, se puede gozar de una salud bastante aceptable, siempre y cuando se cuide del cuerpo y de la alimentación.
En esta etapa se llega a una realización plena de todos los proyectos vitales: familiares, laborales, intereses… Es, además, el momento de empezar a preparar los asuntos que conciernen a nuestro futuro, ya que se acerca el merecido descanso para disfrutar de la vida de una manera más serena y sin tantas obligaciones.
En el terreno espiritual también es importante empezar a preparar nuestra mente y también nuestras emociones para el paso hacia el que nos acercamos, la meta final de esta existencia está más cerca y nuestros últimos años dependen mucho de la aceptación y preparación espiritual que tengamos para dar un sentido elevado al tránsito final.
Incluso las personas que no tienen inclinaciones esotéricas, sienten esa necesidad de volverse más hacia la religión que profesaron en su infancia y que, tal vez, habían abandonado, o incluso se interesan por otra distinta a la suya de origen. Las personas absolutamente descreídas pueden o bien sentir ciertas inquietudes espirituales o bien sentir más agudamente su rechazo hacia cualquier tipo de creencia.

De los 63 a los 70 años: La persona se va despreocupando más de lo material centrándose preferentemente en lo espiritual y en lo mental. Los recuerdos de la infancia y juventud están más presentes, quizás porque empieza a realizar una recapitulación de lo vivido. Es frecuente que goce de períodos de soledad en los que se reencuentra con sus recuerdos, pero también disfruta de la presencia de los pequeños de la familia, pues es una forma de revitalizar el ánimo y también siente más afinidad con la infancia que con las personas adultas.
Las experiencias que ha vivido y su observación más objetiva, menos enraizada en lo material, hace que su consejo sea muy valioso. En muchas culturas se consideraba la vejez como sinónimo de sabiduría y las personas más ancianas del lugar eran consultadas antes de tomar decisiones que fueran relevantes para el futuro del colectivo; se daba por sentado que su mayor cercanía al mundo espiritual, aseguraba respuestas correctas ante las dudas o problemas que se presentaban.

A partir de este período, la integración de la persona en el mundo espiritual es más notoria y progresiva. El cuerpo va declinando irremisiblemente, los procesos mentales son más lentos, y la interiorización cada vez es mayor. El grado de paz interior que sienta, dependerá en gran medida de cómo haya ido afrontando su evolución espiritual y de cómo acepte el final de sus días en esta existencia. Ya no hay ciclos, se podría decir que es una fase previa al tránsito.


Reconozco que ahora, la media de edad es más elevada y que las expectativas han mejorado por los avances médicos. También la sociedad que conocemos hoy en día es bastante distinta, y algunos períodos parecen haberse alargado, por ejemplo la adolescencia empieza mucho antes y se prolonga durante más años (en algunos casos parece que de forma indefinida). La época de formar una familia, o comenzar a trabajar, debido a las coyunturas sociales y económicas actuales, se han retrasado bastante con respecto a siglos pasados.
Los últimos ciclos se han dilatado considerablemente. Por un lado, salvo enfermedades graves y/o que incapaciten, la gente mayor conserva más vivas sus capacidades y puede realizar muchas más actividades que en otros tiempos; de hecho hoy en día, la jubilación implica un derroche de energía considerable, no solo porque en muchos casos implica el cuidado de personas mayores o de los nietos, sino también porque se ha introducido en la sociedad la idea del ocio activo que antes excluía a las personas mayores.

Por todo esto, quizás habría que revisar el concepto de Septenario y remodelar las fases al período actual.
Sería interesante hablar con las personas mayores de nuestro entorno, para aprender cómo ha sido y cómo es su vida ahora, entendiendo así este Ciclo de forma más práctica y realista.
Por último, quiero recordar que estos Ciclos son orientativos, nos dan una idea de las corrientes energéticas predominantes en determinados períodos, pero cada persona debe actuar según crea conveniente. Lógicamente, saber que fuerzas están pesando más en un momento concreto, nos puede ayudar a afrontar mejor las situaciones, pero eso no quiere decir que haya que caer en el fatalismo o el determinismo, tomemos los Ciclos como una ayuda, no como una sentencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Te informo que los datos personales que proporcionas al rellenar este formulario tienen como única finalidad gestionar los comentarios, por lo que no son recogidos ni guardados en ningún fichero.
Más información en la página de Aviso legal y Política de privacidad.