domingo, 2 de diciembre de 2018

EL SHOW DE TRUMAN

Tal vez os sorprenda ver esta película en una sección denominada Pasarlo de Miedo, ¿no se supone que tenemos que pasar pánico y terror? Pues sí, por eso incluyo aquí "El Show de Truman" porque, disfrazada de drama con ciertos tintes de comedia, se esconde una historia cuyo trasfondo da más que miedo, pavor.




Truman Burbank (Jim Carrey) vive desde su nacimiento en una aparentemente idílica isla, Seahaven, no ha conocido otra cosa, ya que nunca ha traspasado sus límites. Su vida transcurre de forma rutinaria en su trabajo como vendedor de seguros, con su previsible esposa, Meryl (Laura Linney) y sus inocentes escapadas con su mejor amigo, Marlon (Noah Emmerich).
En realidad todo es una gran mentira, es un mundo ficticio que se ha creado dentro de un inmenso estudio para un programa de telerrealidad que documenta día a día la vida de Truman, quien es el único personaje que desconoce que está protagonizando una serie, dirigida con mano de hierro por el despiadado Christof (Ed Harris) cuya única preocupación se centra en perpetuar su creación, con grandes índices de audiencia y no dudará en hacer lo que sea para mantenerlos.

Truman tiene un sueño oculto y es poder viajar a Fidji para reencontrarse con su antiguo amor juvenil, Lauren o Sylvia (Natascha McElhone) que se supone vive allí, pero en realidad era una extra a la que hicieron desaparecer de la serie ya que ese romance no entraba en el guión. Ahora Sylvia abandera en el exterior una suerte de grupo de resistencia que aboga por la liberación de Truman. Para asegurarse de que Truman jamás ose abandonar la isla, Christof generó en él una fobia al agua haciéndole testigo del ahogamiento de su padre en el mar. Pero una serie de fallos técnicos provocan las sospechas de Truman, algo no funciona bien en su mundo, aunque no es capaz de imaginar la verdadera naturaleza del mismo.

Sinceramente, esta película se puede analizar desde varios puntos de vista. Desde el meramente cinematográfico, me parece una buena historia, bien contada, con buenas actuaciones y bastante creíble dentro de lo aparentemente surrealista del argumento.
Curiosamente, tardé muchos años en verla por la sencilla razón de que cualquier película interpretada por Jim Carrey carecía de interés para mí, es un actor que no me gustaba nada; ese tipo de humor tan histriónico, recargado de muecas y gestos exagerados no va conmigo, aunque de vez en cuando hago algunas excepciones como en el caso de Ben Stiller o Mr. Bean o, remontándome más en la lejanía, alguna (solo alguna) película de Jerry Lewis, pero mi sentido del humor va por otros derroteros.


Me hablaron muy bien de ella en su día, pero aún cuando contaba con Ed Harris, que es un actor que me gusta mucho, me daba infinita pereza verla. Años después oí hablar sobre su argumento y se despertó en mi cierto interés, así que decidí armarme de valor y la vi. Me quedé muy sorprendida y es que, a pesar de que tras el primer minuto de Jim Carrey “en vena” pensé que no podría soportar mucho más, la historia me acabó atrapando, porque me dio materia para pensar y plantearme ciertas cosas.

La idea central es un interminable programa de televisión en el que miles de cámaras siguen día a día la vida real de una persona que vive en una gran mentira; toda la gente que conoce es falsa, solo representan un papel, ninguna de las circunstancias que vive son reales ya que todo está programado al milímetro, incluso sus reacciones espontáneas están controladas y son reconducidas, de forma más o menos sutil, para que no se salgan del guión preestablecido. Todo ello está pensado para satisfacer a una numerosa audiencia que estoicamente consume el producto, incluidos los descarados anuncios publicitarios, y que cree simpatizar con el protagonista, pero en el fondo no siente hacia él ninguna compasión o empatía, ya que sigue ávidamente sus andanzas como quien observa a una rata de laboratorio corretear por un laberinto sin posibilidad de salida.

Truman vive una vida falsa en un mundo falso sin ser consciente de ello para regocijo de millones de mirones. Y aquí el papel de Christof es sumamente relevante, es una especie de gran creador que no está dispuesto a que su obra desaparezca cuando Truman empieza a sospechar que algo en su aparentemente perfecto mundo no funciona bien. Y recurrirá a todos los trucos que tenga a su alcance, por mezquinos que sean, para mantenerle encerrado dentro de su creación y seguir dirigiendo su vida según su capricho.

En esta película se puede ver una crítica a la sociedad en la que vivimos tal y como está planteada a día de hoy. ¡Y eso que aún no se había producido la eclosión de los llamados reallities! Vivimos en un sistema que nos manipula y dirige nuestras acciones, incluso nuestras decisiones, todo ello adornado con un gran colorido y una apariencia amable. Se nos dice cómo tenemos que vivir, cómo hemos de pensar, actuar, hasta el modo de hablar y, por supuesto, se nos imponen gustos, aficiones y necesidades.
También es fácil relacionar esta historia de Truman con el mito de la caverna de Platón o con el concepto de Maya del Hinduismo.

Pero a mí la visión que más me perturbó en su momento, y lo sigue haciendo, es la idea de la existencia de la figura de un cruel y poderoso ser que ha creado un mundo de ilusión en el que mantiene atrapadas a sus criaturas sin que estas sean conscientes de su esclavitud. Esta hipótesis está hoy en día muy en boga, quizás por la influencia de la saga de películas “Mátrix”, de hecho se ha adoptado este término para definirla. No hay más que escribir el término “Mátrix” en cualquier buscador y aparecerán cientos de páginas que nos hablan de la Mátrix o cómo salir de ella.

¿Y si no somos más que el entretenimiento de un diosecillo o unos diosecillos? ¿y si fuimos creados del mismo modo que el ser humano crea bacterias en un laboratorio, para experimentar con nosotros, observar nuestras reacciones, provocar eventos en nuestras vidas para estudiar cuáles son nuestras respuestas? ¿y si no somos más que marionetas moviéndose al capricho de una fuerza superior?

En un momento determinado de “El Show de Truman”, cuando un periodista entrevista a Christof en directo, Sylvia-Lauren interviene en el programa cuestionando el trato que Truman está recibiendo y su falta de libertad. Con gran cinismo Christof responde:
“Puede marcharse cuando quiera. Si tuviera algo más que una mínima ambición, si estuviera absolutamente decidido a descubrir la verdad, no podríamos impedírselo. Creo que lo que te duele en realidad, querida, es que, en definitiva, Truman prefiere su celda”.

Lo que es una gran mentira, ya que, si Truman desconoce que está encerrado en un mundo virtual, no puede decidir si sale de él o prefiere quedarse; para tomar una decisión, primero tienes que conocer las dos opciones. Además, a lo largo de la película vamos viendo que, cada vez que Truman duda o se cuestiona algo, automáticamente se disparan los mecanismos precisos para que desista y vuelva al redil. ¿Cómo vas a reclamar tu libertad si no sabes que careces de ella?. No os perdáis la conversación final entre Truman y su “creador” porque es de lo mejorcito de la película.

De vez en cuando, está bien ver una película que te haga pensar, cuestionarte tus planteamientos y, en mi caso, “El show de Truman” lo consiguió. Puede que no sea una gran obra de arte pero, para mi gusto, está muy por encima de otras películas ampliamente publicitadas y premiadas que dejan bastante que desear, pero están en la línea de lo que el sistema dicta, así que tienen el éxito asegurado. Una de las muchas cosas buenas que “El Show de Truman” me aportó, es ver a un actor como Jim Carrey con otros ojos, no diré que pasó a ser el número de uno de mis ídolos cinematográficos, pero si cambió mi concepto sobre él. Y más aún ha ido creciendo mi admiración, al ver cómo se ha armado una especie de campaña de descrédito tanto a nivel profesional como personal, a raíz de sus intentos por plantar cara a la industria del entretenimiento. Este es un tema que da para un artículo entero… pero será en otro momento.


Por ahora, os animo a disfrutar de la película y a practicar el sano ejercicio de pensar sobre lo que os transmite.

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